
A veces el favoritismo dentro de una familia no se expresa con palabras, sino con gestos, silencios, comparaciones o pequeñas actitudes que, sin intención aparente, van marcando una diferencia emocional entre los hijos. Lo curioso es que, muchas veces, los padres no son conscientes de ello. Creen tratar a todos por igual, pero los hijos sí perciben esas sutilezas. Y esa percepción, con el tiempo, puede dejar heridas profundas en la relación entre hermanos.
Podríamos decir que el favoritismo encubierto es una forma silenciosa de desigualdad afectiva. No se grita, no se impone, pero se siente. Está en el elogio que siempre va hacia uno, en la paciencia que se reserva solo para determinado hijo, o en la forma en que se minimizan los logros del otro. Si lo piensas bien, no se trata solo de amor desigual, sino también de atención desigual. Y cuando eso sucede, los vínculos se resienten.
Uno de los primeros efectos que suele aparecer es la rivalidad y los celos. Cuando los hijos perciben que uno de ellos recibe más aprobación, apoyo o afecto, el resto comienza a competir por ese mismo reconocimiento. Esta competencia no es sana; suele ir acompañada de comparaciones, discusiones y una tensión constante. Lo interesante es que, muchas veces, ninguno de los hermanos tiene la culpa: simplemente están respondiendo al ambiente emocional que los rodea.
Con el tiempo, esa rivalidad puede transformarse en resentimiento. Algunos hijos dirigen ese sentimiento hacia el hermano que consideran “favorito”, mientras que otros lo canalizan hacia los padres. El resentimiento no siempre se expresa con palabras; puede mostrarse con distancia emocional, indiferencia o incluso con actitudes pasivo-agresivas. Desde mi experiencia, ese tipo de emociones reprimidas terminan erosionando la confianza y la armonía familiar.
Cuando hay favoritismo, la comunicación entre los hermanos también se ve afectada. Se vuelve difícil cooperar o compartir sin sentir una especie de competencia implícita. Los hijos pueden dejar de contarse cosas por miedo a ser juzgados o ignorados. Y aquí viene lo importante: cuando la comunicación se rompe, también se rompe la posibilidad de comprensión mutua. En lugar de ser un apoyo emocional, los hermanos pueden convertirse en extraños que simplemente comparten un techo o un pasado común.
Por otro lado, el hijo menos favorecido suele desarrollar inseguridad y baja autoestima. Crece creyendo que, por más esfuerzo que haga, nunca será suficiente. Interioriza la idea de que hay algo en él que no merece amor incondicional. En otras palabras, comienza a verse a sí mismo a través de la mirada crítica que ha sentido de sus padres. Y ese peso emocional lo acompaña incluso en la adultez, afectando su manera de relacionarse y de valorarse.
También es común que el favoritismo fomente la competencia en lugar del apoyo mutuo. Los hermanos, en vez de alegrarse por los logros del otro, pueden sentirlos como una amenaza. Esta dinámica crea una atmósfera en la que cada quien intenta sobresalir para ser visto, reconocido o validado. Lo paradójico es que, en su intento por ser aceptados, terminan alejándose emocionalmente.
Cuando este tipo de favoritismo se mantiene durante años, el equilibrio emocional dentro del hogar se rompe. Aparecen bandos, silencios incómodos y tensiones que se normalizan. En muchas familias, los miembros terminan acostumbrándose a convivir con esa desigualdad, como si fuera parte natural de la dinámica. Pero lo cierto es que esa desproporción de afecto deja cicatrices que no se borran fácilmente.
Y si lo piensas bien, las consecuencias no terminan en la infancia. Muchos hermanos que crecieron bajo un entorno de favoritismo encubierto mantienen un distanciamiento afectivo incluso en la adultez. Puede que sigan viéndose, hablando o compartiendo momentos familiares, pero hay una distancia invisible que impide una conexión genuina. Esa barrera emocional suele ser el reflejo de heridas no resueltas, de comparaciones que nunca se olvidaron o de injusticias que nunca se hablaron.
El favoritismo también genera sentimientos de injusticia y frustración. Esas emociones, cuando no se procesan, pueden convertirse en enojo crónico, tristeza o incluso en una sensación de vacío. En algunos casos, los hijos menos favorecidos se esfuerzan toda su vida por demostrar su valor, buscando ese reconocimiento que nunca sintieron en casa. Mientras tanto, el hijo “preferido” puede cargar con una presión silenciosa: la de mantener siempre el papel que le fue asignado.
Todo esto termina debilitando el sentido de unidad familiar. La familia deja de ser ese refugio emocional donde todos se sienten igualmente valorados. En su lugar, se convierte en un espacio donde cada uno busca sobrevivir emocionalmente a su manera. Y aunque en apariencia todo parezca normal, en el fondo hay heridas que necesitan atención y comprensión.
En mi opinión, la clave para romper con este patrón está en la conciencia. En detenernos a observar nuestras actitudes, nuestras palabras y nuestros silencios. A veces no es cuestión de favoritismo intencional, sino de repetir lo que aprendimos sin darnos cuenta. Lo interesante de esto es que siempre hay oportunidad de reparar. Escuchar más, validar a cada hijo en su individualidad y pedir perdón cuando sea necesario puede transformar la dinámica familiar de una forma profunda.
Esto nos lleva a reflexionar sobre algo esencial: todos los hijos merecen sentirse vistos, valorados y amados por igual, sin comparaciones ni preferencias. Cuando cada miembro de la familia encuentra su lugar desde la aceptación y el respeto, los lazos se fortalecen y la armonía regresa.
El favoritismo encubierto no siempre se nota, pero sus efectos se sienten. Reconocerlo no significa culpar, sino sanar. Y aquí viene el llamado a la acción: si alguna vez hemos sentido que en nuestra familia hay desequilibrios afectivos, tal vez sea momento de hablarlo, de escucharnos con empatía y de construir un ambiente donde todos tengamos el mismo valor emocional. Porque al final, una familia sana no es la que no tiene conflictos, sino la que aprende a mirarse con equidad, amor y comprensión.