Cuando el bullying viene de un profesor: cómo actuar y proteger a tu hijo

A veces pensamos que el bullying solo viene de otros niños, pero en mi opinión, uno de los golpes emocionales más duros para un hijo ocurre cuando el maltrato proviene de quien debería enseñarle, acompañarlo y cuidarlo. Si lo piensas bien, la figura de un profesor suele representar autoridad, respeto y seguridad. Por eso, cuando un adulto que ocupa ese rol vulnera a un niño, el daño emocional puede ser mucho más profundo y silencioso. Muchos padres no saben qué hacer en estas situaciones, o incluso dudan de su propio hijo porque creen que “un profesor no haría eso”. Sin embargo, cualquier niño merece un ambiente seguro, sin importar quién esté al frente del aula.

Antes de entrar al desarrollo, compartamos una historia que refleja señales muy frecuentes de este tipo de bullying, señales que muchos niños no saben expresar con palabras.

Había un niño llamado Martín que un día comenzó a inventar excusas para no ir a clase. Primero dijo que le dolía la cabeza, después el estómago, y más tarde dejó de participar en las actividades que antes disfrutaba. Cada mañana parecía cargar un peso invisible que lo hacía caminar más lento y callado. Lo interesante de esta historia es que todo empezó de forma muy sutil: evitaba mirar a su profesor, escondía sus cuadernos para que no revisaran sus tareas y se ponía rígido cuando escuchaba su nombre. Cuando su madre le preguntaba qué pasaba, él respondía en voz baja: “No quiero hablar, es peor si cuento”. Y aquí viene lo importante: muchos niños callan porque han visto a otros compañeros ser humillados o castigados por “contar”. En otras palabras, el miedo al adulto les roba la voz. Fue solo cuando su madre decidió sentarse con calma, sin interrupciones, que Martín comenzó a relatar comentarios hirientes, burlas encubiertas disfrazadas de “correcciones pedagógicas” y momentos donde el profesor lo avergonzaba frente a todos.

Esta historia nos lleva a reflexionar sobre algo fundamental: cuando un niño cambia de comportamiento, cuando su ánimo cae repentinamente o cuando empieza a evitar una clase específica, casi siempre hay un motivo más profundo.

Desde nuestra experiencia, actuar a tiempo es clave, y a continuación avanzaremos paso a paso en cómo hacerlo de manera estructurada y efectiva.

Primero, necesitamos hablar con el niño y escuchar su versión completa, sin interrupciones, sin juicios y sin prisa. A veces olvidamos que un niño que ha vivido maltrato por parte de un adulto siente confusión, vergüenza y miedo. Por eso, obtener su relato con respeto nos permite comprender la magnitud del problema. Luego viene un paso fundamental: registrar fechas, comentarios y situaciones específicas ocurridas en clase. Esto no solo aporta claridad, sino que será útil si necesitamos presentar pruebas más adelante.

Una vez tengamos esta información, podemos solicitar una reunión privada con el profesor para aclarar lo sucedido. Podríamos decir que este es uno de los momentos más tensos del proceso, porque no sabemos qué actitud encontraremos al otro lado de la mesa. Por eso es esencial mantener un tono respetuoso pero firme. Te explico por qué: si vamos con agresividad, la conversación pierde objetividad. Si vamos con miedo, minimizamos el problema. El equilibrio abre puertas. En esta reunión, evaluar la reacción del profesor nos dará información valiosa sobre su disposición al cambio.

Si notamos evasivas, negativas o excusas, este es el momento de escalar el caso al director o coordinador académico. Muchas personas buscan en Google qué hacer si un maestro le hace bullying a su hijo, y una de las respuestas más frecuentes es: no quedarnos en silencio. Elevar el caso es un derecho, no un acto de confrontación. Desde mi experiencia, pedir observación en el aula por parte de un tercero también puede ser una herramienta poderosa. Permite que alguien imparcial vea lo que realmente ocurre.

Si aun así la situación no se resuelve, pedir un cambio de salón es completamente válido. No es una derrota, es protección emocional. Mientras el proceso continúa, debemos mantener comunicación constante con la escuela. Cada paso debe quedar documentado, porque esto ofrece respaldo si la institución decide minimizar el problema o desconocer lo que ocurre.

Durante todo este camino, el bienestar emocional del niño debe ser el centro. Buscar apoyo emocional si muestra estrés, ansiedad o miedo no significa que “esté exagerando”, sino que su seguridad emocional importa. Enseñarle a poner límites de manera segura también es parte del proceso. No se trata de enfrentarse al profesor, sino de reconocer cuándo una conducta adulta es inapropiada.

Es fundamental evitar confrontaciones delante del niño, ya que esto podría aumentar su angustia. Además, revisar los reglamentos internos del colegio sobre el trato docente-estudiante nos permitirá saber qué derechos respaldan a nuestro hijo. Y si se confirma el maltrato, exigir medidas disciplinarias es necesario y completamente justificado.

En algunos casos, especialmente cuando la institución no ofrece soluciones reales, podríamos necesitar explorar opciones legales. Esta decisión suele generar dudas. Muchas personas preguntan cómo demandar a una escuela por bullying escolar, y la respuesta suele depender de las leyes del país, pero lo que sí podemos afirmar es que documentar cada paso del proceso se vuelve indispensable.

Mientras todo esto sucede, fortalecer la autoestima del niño es esencial. A veces el daño no viene solo de las palabras del profesor, sino de la percepción que el niño desarrolla sobre sí mismo. Recordarle que su valor no depende de un adulto con poder es un mensaje que debemos repetir con ternura y firmeza. Fomentar vínculos positivos con otros adultos de confianza en la escuela también puede ayudarlo a recuperar seguridad. Y por último, enseñarle a identificar conductas inapropiadas de un adulto le permitirá evitar riesgos futuros.

Si el ambiente escolar es tóxico, si no hay medidas, si todo se vuelve cada vez más pesado, cambiar de colegio no debe verse como una derrota. En muchos casos es un acto de amor que marca la diferencia entre un niño que recupera su bienestar y uno que sigue acumulando heridas en silencio.

En conclusión, proteger a un hijo del bullying de un profesor requiere valentía, paciencia y claridad. No es fácil enfrentarse a una institución, pero es mucho más difícil para un niño enfrentar cada día a un adulto que lo daña emocionalmente. A veces olvidamos que el colegio debería ser un lugar seguro, no un campo de miedo. Por eso, los invito a reflexionar suavemente sobre algo: escuchar a un niño a tiempo puede cambiar el rumbo de su historia. Y si acompañamos su proceso con empatía y firmeza, no solo lo protegemos, sino que también le enseñamos que su voz merece ser escuchada siempre.

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