
Cuando un niño empieza a mostrar miedo intenso antes de ir al colegio, algo dentro de nosotros se enciende. Podemos decir que es una mezcla de preocupación, intuición y ese instinto natural de protección que nos hace prestar atención. Y aquí viene lo importante: cuando un hijo teme ir al colegio, normalmente no es “un simple capricho”, como muchos adultos solían pensar años atrás. En mi opinión, cuando un niño expresa miedo, malestar o se resiste a ir a la escuela, debemos entenderlo como un mensaje que necesita ser escuchado con delicadeza.
A veces olvidamos que para un niño, el colegio es la mayor parte de su mundo. Allí convive, aprende, sueña, falla, crece… y también puede sufrir. Y si lo piensas bien, no siempre tienen las herramientas emocionales para explicar lo que ocurre. Por eso, acompañarlos en este proceso se vuelve una tarea fundamental.
Te cuento una Historia sobre señales silenciosas de que un niño está siendo víctima de bullying
Podríamos decir que esta historia refleja lo que viven muchos niños, aunque cada uno lo enfrenta a su manera. Hace poco recordábamos el caso de un pequeño llamado Daniel. Él siempre había sido un niño tranquilo, de esos que prefieren escuchar antes que hablar. Sin embargo, de un día para otro empezó a levantarse más temprano para “revisar su mochila”, aunque realmente solo la abría y la cerraba sin hacer nada. También comenzó a comer menos, diciendo que “no tenía hambre”. Cada mañana, sus ojos buscaban alguna excusa para no ir al colegio: dolor de estómago, dolor de cabeza, cansancio. Pero lo interesante de esto es que los médicos no encontraban ninguna causa física.
Un día, cuando su madre insistió un poco más, Daniel rompió en llanto. “No quiero ir”, dijo, pero no explicó por qué. Y aunque su madre trató de abrazarlo y pedirle que le contara, él solo repetía que si hablaba, “las cosas iban a ponerse peor”. Había visto a otros niños ser castigados o burlados por “ser chismosos”, y creía que lo mismo le ocurriría. En otras palabras, estaba atrapado entre el miedo y el silencio.
Esa sensación de estar solo, de cargar con algo que no se atreve a decir, es una de las señales más silenciosas y más dolorosas. Y justamente ahí empieza nuestro papel como adultos: comprender ese silencio, acompañarlo y darle espacio para que, poco a poco, pueda confiar.
A partir de este punto, surge la pregunta que muchos padres hacen en Google: ¿Qué puedo hacer si mi hijo tiene miedo de ir a la escuela?. Y te explico por qué esta pregunta es tan importante: porque cuando un niño empieza a temer a su entorno escolar, nuestra presencia, nuestra escucha y nuestra calma son claves en su recuperación emocional.
En mi experiencia acompañando a familias, he visto que el primer paso es escuchar sin interrumpir. Aunque parezca simple, no siempre es fácil. Cuando un hijo dice que teme ir al colegio, es normal que nos entren ganas inmediatas de preguntar, de buscar soluciones o de ofrecer consuelo rápido. Pero detenernos y escuchar de verdad abre una puerta emocional para que se sientan seguros.
Esto nos lleva a reflexionar sobre la importancia de validar sus emociones y temores. Si un niño dice “me da miedo”, incluso si no tiene todos los detalles, debemos reconocer que lo que siente es real. Porque cuando un niño percibe que lo tomamos en serio, comienza a recuperar la confianza.
Y aquí viene algo fundamental: evitar minimizar lo que siente. Frases como “no es para tanto”, “seguro mañana pasa”, “a todos nos ha pasado” pueden hacer que se cierre aún más. En otras palabras, necesitamos crear un espacio donde sepa que lo que siente importa.
Otro punto clave es asegurarle que no es su culpa. Muchos niños que sufren acoso escolar creen que algo en ellos provoca las burlas o agresiones. Sentir culpa aumenta el silencio. Cuando les recordamos que ellos no han hecho nada malo, empezamos a liberar un peso emocional enorme.
Algunas familias encuentran muy útil generar un espacio de conversación diaria. No se trata de interrogar, sino de crear un hábito: hablar de su día mientras cenan, caminar juntos, o simplemente compartir un momento tranquilo antes de dormir. La rutina, más que las preguntas, facilita que el niño hable cuando esté listo.
Desde mi experiencia, ayuda mucho preguntar con suavidad qué situaciones le generan miedo. No buscamos detalles dolorosos ni queremos presionarlo. Solo queremos entender mejor su experiencia emocional.
Otro punto esencial es mantener una comunicación respetuosa con el colegio. Esto no significa enfrentamientos ni acusaciones impulsivas, sino construir puentes que permitan buscar soluciones reales. Cuando los adultos responsables trabajan juntos, el niño comienza a sentirse acompañado desde todos los frentes.
También es importante enseñar técnicas básicas de autocuidado emocional, como respiración profunda, detenerse unos segundos antes de reaccionar o identificar qué emoción está sintiendo. No buscamos que “sea fuerte”, sino que desarrolle recursos internos que lo acompañen en su día a día.
Además, debemos observar cambios en su comportamiento: irritabilidad, aislamiento, cambios en el sueño, pérdida de apetito o retrocesos en hábitos que ya dominaba. Estas señales suelen aparecer antes de que las palabras lo hagan.
Cuando sea posible, reforzamos su mundo emocional con acciones pequeñas pero valiosas, como reforzar su autoestima con pequeños logros o establecer rutinas que le den seguridad. Los niños necesitan sentir que hay cosas en su vida que sí pueden controlar.
Si lo pensamos bien, acompañar también implica saber cuándo pedir ayuda. Por eso es tan importante hablar con otros adultos responsables si es necesario, ya sean profesores, tutores o especialistas.
Y aunque a veces la situación nos genera ansiedad, debemos recordar la importancia de mantener la calma para no aumentar la ansiedad de nuestro hijo. Nuestros gestos, nuestro tono y nuestra presencia pueden convertirse en un refugio.
Por otro lado, acompañarlo en actividades que fortalezcan su confianza —como deportes, arte, música o cualquier hobby que le guste— puede devolverle la sensación de bienestar y competencia que el acoso le quitó.
Y finalmente, lo más importante: recordarle que no está solo y que juntos encontrarán una solución. A veces solo esa frase puede aliviar un mundo entero dentro de un niño.
Llega un momento en este proceso en el que el niño empieza a abrirse, aunque sea lentamente. Es como si su voz, que llevaba tiempo escondida, comenzara a salir nuevamente. En ese punto, lo que hacemos —las palabras que elegimos, la paciencia que mostramos, la calma que transmitimos— marca la diferencia entre seguir con miedo o empezar a sanar. Y aquí, acompañándolo con comprensión y firmeza, el niño comienza a sentir que su mundo vuelve a ser seguro.
Acompañar a un hijo con miedo no es fácil, pero tampoco es imposible. Se trata de caminar juntos paso a paso, escuchando más de lo que hablamos y ofreciendo más presencia que soluciones rápidas. Quizás podríamos decir que nuestro papel es ser su guía, su refugio y su sostén emocional mientras encuentra nuevamente su seguridad interior.
Si en casa estamos viviendo algo parecido, tomemos un momento para observar, escuchar y acompañar. A veces, un pequeño gesto nuestro puede convertirse en el comienzo de una gran recuperación para ellos.