Por qué algunos niños no cuentan que sufren acoso escolar y cómo ayudarlos a hablar

Cuando pensamos en el acoso escolar, solemos imaginar escenas visibles: empujones, insultos o burlas en plena aula. Sin embargo, lo que muchas veces queda oculto es el silencio que los niños guardan por dentro. Ese silencio pesa, duele y, en demasiadas ocasiones, se mantiene durante meses o incluso años. En mi opinión, entender por qué un niño calla es uno de los pasos más importantes para poder protegerlo.

A veces olvidamos que, para un niño, pedir ayuda puede sentirse como escalar una montaña enorme. No es que no quieran hablar; es que sienten que no pueden. Y aquí viene lo interesante: detrás de ese silencio hay motivos profundos y emociones que necesitan ser escuchadas con paciencia. En otras palabras, si entendemos estas barreras internas, podremos acompañarlos de una manera más efectiva.

A lo largo de este artículo, responderemos preguntas frecuentes como “¿Cómo podemos ayudar a los niños que sufren acoso escolar?”, “¿Cómo hablar del acoso escolar para niños?” o “¿Qué estrategias pueden ayudar a prevenir el acoso escolar?”, pero siempre desde un enfoque humano, práctico y cercano.

Ahora sí, avancemos paso a paso.

Te cuento una historia para explicarme mejor: 

Hubo una vez un niño llamado Mateo. Tenía nueve años y siempre fue tranquilo, amable y reservado. Desde hacía semanas, un grupo de compañeros lo empujaba en los pasillos y se reía de él en el recreo. Lo curioso de la historia es que Mateo no dijo nada en casa.

¿Por qué? Porque ya había visto a otros niños hablar y recibir etiquetas dolorosas: “exagerado”, “chismoso”, “problemático”. Un día en clase, un compañero que pidió ayuda terminó siendo ridiculizado por otros. Mateo presenció la escena. Desde ese momento pensó que hablar solo empeoraría las cosas.

“Si lo cuento, será peor”, se repetía cada día.

Este tipo de historias nos muestra una verdad incómoda: muchos niños guardan silencio porque han aprendido, desde su entorno, que pedir ayuda tiene un costo emocional demasiado alto.

A continuación veremos algunas razones por las que los niños no cuentan si sufren de acoso en su escuela:

El miedo a represalias del agresor:

Uno de los obstáculos más comunes es el miedo a represalias. Muchos niños sienten que si cuentan lo que ocurre, el agresor “se vengará”. Y si lo piensas bien, no es una idea irracional desde su perspectiva: el acosador ya ha demostrado que puede dañar. Así que hablar parece abrir la puerta a un peligro mayor. Esto genera una especie de “protección invertida”: callan para sobrevivir emocionalmente.

La vergüenza de parecer débiles:

Podríamos decir que, desde muy pequeños, los niños reciben mensajes como “sé fuerte” o “no llores por tonterías”. Esto convierte la vulnerabilidad en algo vergonzoso. Muchos temen que, si reconocen que están sufriendo, los demás los vean como frágiles, y esa idea los paraliza. La vergüenza de parecer débiles es una carga emocional muy pesada para un niño.

Creer que no les van a creer:

“¿Y si piensan que exagero?”. Esta frase se repite una y otra vez en niños que callan. La idea de que “no les van a creer” los lleva a guardar sus experiencias. A veces ya intentaron hablar antes, y recibieron frases como “ignóralos” o “no es para tanto”. Eso los convence de que hablar no sirve de nada.

Pensar que es “normal” o que deben soportarlo:

La normalización del bullying es un problema silencioso. Cuando en un entorno se escucha “así son los niños”, “son bromas” o “es parte de crecer”, la víctima llega a creer que debe soportarlo. En otras palabras, el niño interpreta que el dolor es un precio inevitable de convivir con otros. Y al sentirse solo con esa idea, deja de pedir ayuda.

Miedo a preocupar o defraudar a los padres:

Muchos niños no quieren ser una carga. Temen que, al hablar, sus padres se sientan tristes, molestos o decepcionados. Desde su mirada, contar lo que ocurre es generar un problema adicional en casa. Por eso eligen el silencio, como si guardar sufrimiento fuese un acto de protección hacia los adultos.

Falta de confianza en los adultos del colegio:

A veces ocurre que los niños han visto que nada cambia cuando otros compañeros piden ayuda. Observan que algunos profesores minimizan el conflicto o que las autoridades escolares tardan en intervenir. Esa falta de confianza les hace sentir que hablar no vale la pena, o peor aún, que puede empeorar la situación.

Temor a que la situación empeore si hablan:

Aquí entramos en una mezcla de miedo, inseguridad y experiencias previas. Incluso si no han sufrido represalias directas, muchos han visto a otros niños etiquetados como “chismosos” o “problemáticos” solo por pedir ayuda. Desde mi experiencia, este temor es uno de los más fuertes y difíciles de romper.

Baja autoestima que los hace sentir culpables:

Cuando un niño sufre baja autoestima, empieza a creer que “algo de culpa” tiene. Esta idea es devastadora. Puede pensar que no es suficientemente bueno, que merece las burlas o que está provocando el conflicto sin querer. Esa visión distorsionada lo aleja aún más de la posibilidad de hablar.

Dificultad para expresar emociones o pedir ayuda:

No todos los niños han sido educados para nombrar lo que sienten. Para muchos, explicar su malestar es confuso. A veces no encuentran palabras, otras veces no saben si lo que viven “califica” como acoso. Esta dificultad para expresar emociones crea una barrera silenciosa, pero muy real.

Los niños o jóvenes saben que sus padres son débiles o indiferentes y piensan que sería una pérdida de tiempo si se quejan con ellos.

¿Qué ocurre cuando el silencio se vuelve demasiado pesado?

Llega un punto en el que el niño ya no puede sostener el silencio. En el caso de Mateo, fue una tarde al volver del colegio, cuando su madre notó que su camisa estaba rasgada. Él intentó ocultarlo, pero sus ojos dijeron lo que su voz no podía. Ese es el momento crítico: cuando la verdad empuja hacia afuera.

Y aquí viene lo importante: ese instante requiere escucha, calma y contención. Es la puerta que se abre para que el niño sienta que no está solo.

Cómo ayudarlos a hablar:

A partir de este punto, podemos acompañar mejor si:

  • Validamos sus emociones sin minimizar.
  • Aseguramos que contarnos no es “meter problemas”, sino pedir protección.
  • Preguntamos con suavidad: “¿Qué te hizo sentir incómodo?”, en lugar de “¿Por qué no dijiste nada?”
  • Generamos espacios cotidianos de conversación, no solo cuando hay conflictos.
  • Enseñamos estrategias de afrontamiento, como pedir ayuda a un adulto seguro.
  • Reforzamos el mensaje de que hablar no es ser débil, sino un acto valiente que también ayuda a otros niños.

Esto nos lleva a reflexionar sobre algo fundamental: ningún niño debe cargar solo con un dolor que puede y debe ser acompañado. Si lo pensamos bien, cuando un niño se atreve a hablar, está dando un paso enorme hacia su bienestar emocional. Como adultos, nuestra tarea es construir un entorno donde ese paso no dé miedo.

Acompañemos, escuchemos y estemos presentes.
A veces, ese pequeño gesto cambia por completo la historia de un niño.

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