
Hay niños que viven con la sensación de que nunca son lo suficientemente buenos. Ni cuando traen una buena nota, ni cuando ayudan en casa, ni cuando se esfuerzan por agradar. Siempre hay algo dentro de ellos que los impulsa a buscar aprobación, como si su valor dependiera de lo que los demás piensen. Si lo piensas bien, esa necesidad constante de aprobación no surge de la nada: tiene raíces profundas que muchas veces los adultos no alcanzamos a ver.
La inseguridad es, con frecuencia, la primera semilla de esta búsqueda. Un niño inseguro duda de sí mismo, teme equivocarse y necesita que alguien más confirme que lo está haciendo bien. En su mente, el amor y la aceptación parecen estar condicionados a su desempeño. Lo interesante es que esa inseguridad no siempre nace por falta de amor, sino por la forma en que se da ese amor: cuando solo se celebra el resultado y no el esfuerzo, cuando el cariño depende de la conducta, o cuando las comparaciones se vuelven frecuentes. Poco a poco, el niño aprende que vale por lo que logra, no por lo que es.
Luego aparece la dependencia emocional. Un niño que depende de la aprobación ajena para sentirse valioso crece con la idea de que su bienestar depende de los demás. En lugar de construir una identidad sólida, vive pendiente de las miradas, los gestos y las palabras de quienes lo rodean. Busca constantemente la validación de sus padres, de sus maestros o de sus amigos. Y si no la encuentra, se derrumba. Es como si su autoestima estuviera sostenida por hilos frágiles que cualquier crítica puede romper.
El perfeccionismo, en muchos casos, es una máscara que esconde el miedo a no ser suficiente. Estos niños se esfuerzan al máximo, no tanto por amor al trabajo bien hecho, sino por el temor a decepcionar. Necesitan que todo sea impecable, que no haya errores, que nada se les pueda reprochar. Pero ese perfeccionismo, en lugar de darles seguridad, los encadena. Los hace vivir en un estado de alerta constante, midiendo cada acción, anticipando cada fallo, buscando una aprobación que nunca parece llegar del todo.
También está el afán de atención. Algunos niños no buscan tanto la aprobación en forma de elogio, sino la simple mirada de quienes aman. Hacen ruidos, interrumpen conversaciones, inventan historias o exageran logros solo para sentirse vistos. No es travesura, es necesidad. Porque sentirse ignorado duele, y más aún cuando se crece creyendo que solo se existe cuando alguien te mira.
A veces, detrás de esa búsqueda de aprobación se esconde algo más complejo: rasgos de narcisismo que no nacen del exceso de amor propio, sino de la falta de él. Es paradójico, pero muchos comportamientos narcisistas en niños provienen de carencias emocionales tempranas. Buscan destacar, llamar la atención, ser admirados, no porque se sientan superiores, sino porque en el fondo no se sienten dignos de amor si no brillan. Y aquí viene lo importante: etiquetar a un niño como “narcisista” no ayuda; comprender el vacío que intenta llenar, sí.
La búsqueda de cariño es quizá el corazón de todo este tema. Un niño que busca aprobación, muchas veces, solo quiere sentirse querido. Quiere un abrazo que no dependa de sus notas, una sonrisa que no se borre cuando comete errores, una palabra amable cuando su mundo interno se tambalea. Si lo piensas bien, todos los seres humanos necesitamos sentirnos amados sin condiciones, pero en la infancia esa necesidad es vital. Cuando no se cubre, el niño crece buscando amor en todas partes, sin aprender a generarlo dentro de sí.
La falta de acompañamiento emocional agrava aún más esta situación. No basta con estar presentes físicamente; los niños necesitan sentir que alguien los escucha, los comprende y los valida. Cuando no hay espacio para hablar de emociones, cuando los sentimientos se minimizan o se ignoran, el niño aprende a reprimirlos y a sustituirlos por conductas que le aseguren atención. Es entonces cuando se vuelve complaciente, dependiente o excesivamente exigente consigo mismo.
En otros casos, la competitividad se convierte en un medio para obtener ese reconocimiento que tanto anhelan. Compiten con sus hermanos, con sus compañeros o incluso con ellos mismos. Quieren ser los mejores, no por superación personal, sino por la necesidad de sentirse valiosos. Pero lo que no saben —porque nadie se los ha enseñado aún— es que el verdadero valor no se mide en medallas ni en logros, sino en la capacidad de aceptarse tal como son.
Llegar al fondo de todo esto no es sencillo, porque implica mirarnos también como adultos. A veces, sin darnos cuenta, reforzamos esa necesidad de aprobación con frases, actitudes o comparaciones que hieren más de lo que creemos. Por eso, ayudar a un hijo que busca constantemente aprobación no se trata de darle más elogios, sino de ofrecerle más seguridad. Se trata de enseñarle que puede equivocarse sin perder nuestro cariño, que puede ser él mismo sin miedo a decepcionarnos, que su valor no depende de lo que hace, sino de lo que es.
Podríamos decir que el primer paso es acompañar con empatía, no con exigencia. Escuchar más y juzgar menos. Celebrar los esfuerzos, no solo los resultados. Y sobre todo, hacerle sentir que su presencia es suficiente. Porque cuando un niño descubre que no necesita ganarse el amor, deja de buscar aprobación afuera y empieza a encontrarla dentro de sí.
En mi opinión, eso es lo más hermoso que podemos ofrecerles: la libertad de ser ellos mismos, sin miedo, sin máscaras, sin la carga de tener que complacer a todos. Esto nos lleva a reflexionar sobre cuánto influye nuestra mirada en su autoestima. A veces, basta una palabra amable o un gesto de comprensión para sembrar en ellos la confianza que tanto buscan.
No podemos evitar que el mundo los juzgue, pero sí podemos enseñarles a no depender de ese juicio para sentirse valiosos. Criar hijos seguros no es tarea fácil, pero empieza con algo tan simple como mirarles con ternura y decirles: “No necesitas hacer nada para que te quiera. Ya eres suficiente tal como eres”. Esa frase, repetida con el corazón, puede transformar silenciosamente una vida entera.